Si algo caracteriza a las emociones humanas es su profundidad y sabiduría inherentes, las cuales a menudo pueden interpretarse como señales significativas si no nos obstinamos en negarlas. El sufrimiento, una de las emociones más intensas que experimentamos en momentos críticos de nuestras vidas, puede actuar como catalizador para desmantelar la armadura del ego, conduciéndonos hacia la compasión y la humildad.

¿Pero qué nos depara esa experiencia tan dolorosa?

Los mayores crecimientos espirituales no ocurren en la calma de la vida cotidiana, sino en medio de los conflictos, cuando podemos optar por actuar de manera diferente, evolucionando incluso en medio del fragor de nuestras emociones más intensas.

Sin embargo, estos procesos, al igual que el proceso de maduración de una fruta, requieren tiempo y trabajo constante a lo largo de varias etapas. Implican un proceso de prueba y error.

En nuestros primeros intentos por cultivar nuestro mundo interior, inevitablemente cometemos errores que nos llevan a adoptar nuevas estrategias en el futuro, aprendiendo de la experiencia.

Sin embargo, factores externos como las condiciones del entorno, la calidad del conocimiento interior, las influencias de otras personas, y las inclemencias de la vida pueden interferir y dificultar el desarrollo de nuestro ser interior, impidiendo que alcancemos nuestro potencial completo.

Este proceso se asemeja al de la vida misma.

En este insignificante planeta en el que habitamos, donde numerosos factores se han alineado para proporcionarnos un entorno habitable, a menudo buscamos la manera de convertir nuestra existencia en un desafío constante, en lugar de apreciar el universo que nos rodea.

¿Por qué elegimos a menudo el camino más difícil en lugar del camino directo hacia la realización?

Quizás porque necesitamos ciertas condiciones específicas para nuestro crecimiento, y a menudo preferimos aprender a través del sufrimiento en lugar del amor.

La tristeza, la ira, la culpa, la ansiedad, la impotencia, el anhelo, la confusión, el vacío y, por supuesto, el miedo, son señales comunes en nuestra psique que indican la necesidad de cambio. Estas emociones nos alertan y nos guían, señalándonos el camino hacia la transformación.

A menudo caminamos por la vida creyendo erróneamente que somos los únicos que enfrentan conflictos internos. Creemos que los demás no experimentan sus propias luchas, asumiendo que han superado sus desafíos y que deberían entendernos. Sin embargo, esta visión es equivocada.

El desafío que enfrentamos, que persistirá a lo largo de nuestras vidas, radica en comprender lo que sucede dentro de nosotros y en cada individuo que nos rodea, independientemente de su nivel de evolución. Esta comprensión nos permitiría comunicarnos con mayor paciencia, tolerancia y empatía hacia los demás, reconociendo que aunque existen innumerables problemas, también existen innumerables soluciones.

Podemos acumular conocimientos, títulos y experiencias, pero esto por sí solo no nos conducirá a una madurez emocional. La verdadera madurez solo se alcanza cuando, a través de encuentros sinceros y una exploración constante de nuestro mundo interior, podemos ofrecer palabras y acciones que reflejen nuestra verdadera esencia y conecten con quienes queremos ser y compartir con los demás.

Por lo tanto, una y otra vez, el universo nos enviará exactamente lo que inconscientemente buscamos, a menudo disfrazado en distracciones, para poner a prueba nuestra preparación y nuestra disposición para el cambio. En lugar de buscar soluciones a problemas que a veces solo requieren aceptación en lugar de resolución, debemos aprender a reconocer y abrazar las lecciones que se nos presentan.

Como afirmaba George Gurdjieff, el verdadero trabajo comienza cuando el individuo comienza a observarse a sí mismo. Por lo tanto, es fundamental ser la persona que deseamos encontrar en el mundo, comprometiéndonos a observarnos y conocernos a nosotros mismos en cada momento.

Es esencial recordar cuatro acuerdos fundamentales que a menudo pasamos por alto:

  1. Ser impecable con nuestras palabras en todas nuestras interacciones con los demás.
  2. No tomar nada de manera personal, reconociendo que las acciones y palabras de los demás son un reflejo de su propia realidad.
  3. Evitar hacer suposiciones sobre las acciones o intenciones de los demás, y en su lugar, buscar la claridad a través de la comunicación abierta.
  4. Dar siempre lo mejor de nosotros mismos en cada situación, evitando arrepentimientos futuros por no haber actuado con integridad y compromiso.

La ignorancia que a menudo tenemos de nosotros mismos se debe al temor de enfrentar nuestras propias sombras, lo cual puede ser más cómodo que confrontar la verdad sobre nosotros mismos. Sin embargo, aquellos que se embarcan en el viaje del autoconocimiento deben estar preparados para enfrentar el sufrimiento y renacer simbólicamente, tal como lo han hecho muchos grandes iluminados a lo largo de la historia.

Hay momentos, edades y situaciones específicas que requieren diferentes enfoques en nuestro viaje personal. En esta estación otoñal de la vida, que simboliza el crecimiento y la madurez en lugar de la muerte, debemos aprovechar la oportunidad para alcanzar la plenitud, reconociendo que, a diferencia de la naturaleza, el ser humano alcanza su cenit en la etapa otoñal de la vida.

Sin embargo, debemos dirigir nuestra mirada hacia adentro en lugar de hacia afuera para comprender y apreciar estos cambios estacionales.

Al enfocarnos únicamente en el mundo exterior, corremos el riesgo de perder nuestra conexión con nuestro ser interior y, como resultado, de perdernos a nosotros mismos.

A menudo, nuestros mayores desafíos provienen de nuestras interacciones con los demás. Las personas que encontramos en nuestro camino actúan como espejos que reflejan nuestras propias emociones y necesidades, proporcionándonos valiosas lecciones sobre nosotros mismos y sobre el mundo que nos rodea. En lugar de resistirnos a estos espejos y las lecciones que nos ofrecen, debemos recibirlos con gratitud y aceptación, reconociendo que son oportunidades para crecer y evolucionar.

Es fácil caer en la trampa del autoengaño y la autojustificación, especialmente cuando enfrentamos desafíos internos y externos. A menudo, nos resistimos al cambio porque implica confrontar nuestras creencias arraigadas, nuestros patrones de comportamiento y nuestras emociones más profundas. Sin embargo, es precisamente a través de esta confrontación que podemos crecer y transformarnos.

Una de las claves para superar esta resistencia es cultivar la autoaceptación y la compasión hacia nosotros mismos. En lugar de juzgarnos duramente por nuestras imperfecciones y errores, debemos aprender a tratarnos con amabilidad y comprensión, reconociendo que somos seres humanos en proceso de aprendizaje.

Además, es importante recordar que el verdadero cambio no ocurre de la noche a la mañana. Requiere tiempo, paciencia y dedicación. Es un proceso gradual que implica pequeños pasos y avances incrementales.

Por lo tanto, es fundamental mantener una actitud de perseverancia y determinación, incluso cuando enfrentamos obstáculos y retrocesos en nuestro camino.

Al mismo tiempo, debemos aprender a establecer límites saludables y a cuidar de nosotros mismos en medio de las demandas y expectativas del mundo exterior. Esto significa priorizar nuestro bienestar emocional, físico y espiritual, y aprender a decir no cuando sea necesario. También implica rodearnos de personas que nos apoyen y nos inspiren, y alejarnos de aquellas que nos arrastran hacia abajo o nos impiden crecer.

Podemos optar por cambiar de trabajo, cambiar de pareja o incluso externalizar todas nuestras frustraciones, pero ¿por qué nos cuesta tanto cambiar nuestra esencia?

Los japoneses tienen una expresión, “Nankurunaisa”, que significa que “con el tiempo se arregla todo”. A menudo nos aferramos a la idea errónea de que no debemos hacer nada más que dejar pasar el tiempo y esperar que las cosas mejoren por sí solas.

Sin embargo, lamento desmitificar esta bella palabra. La verdad es que el tiempo no arregla nada. En un mundo donde el amor y las emociones a menudo se relegan a un segundo plano e incluso se consideran de mal gusto, debemos asumir la responsabilidad y trabajar diariamente para superar los obstáculos que nos impiden vivir una vida consciente en el presente, aprendiendo del pasado para no repetir los errores.

¿Y qué hay de las cargas externas? ¡El mundo puede ser duro y cruel! A menudo nos encontramos culpando a los demás por arruinar nuestras vidas diariamente.

Hay una parábola samurái que ilustra este punto:

  • Si alguien se acerca a ti con un regalo y tú no lo aceptas, ¿a quién pertenece el regalo? – preguntó el samurái.
  • Pertenecerá a quien intentó entregarlo – respondió uno de los discípulos.

Lo mismo ocurre con la envidia, la rabia y los insultos. Cuando no los aceptamos, continúan perteneciendo a quienes los cargaban consigo.

Cada individuo es único. Como dijo Saramago, intentar convencer y cambiar a los demás es una falta de respeto, es intentar colonizar el alma ajena.

Lo mismo sucede cuando los demás intentan imponernos sus palabras, acciones o ideales. Intentan colonizarnos, someternos, derribarnos. Aunque a menudo no sean conscientes de ello, tejemos complejas redes a nuestro alrededor en busca de control.

Por lo tanto, no debemos exigir a los demás lo que nosotros mismos no podemos brindar. Ni los demás son responsables de nuestras desgracias ni de nuestra felicidad. Cada uno debe enfocarse en su propio bienestar, buscando las piezas que la vida le ofrece para completar su propio rompecabezas de evolución.

Vivir en el presente no es solo una frase vacía. Entender que el pasado es solo un recuerdo distorsionado por nuestras fantasías y que el futuro se basa en nuestra imaginación nos puede abrir nuevas perspectivas.

Esa puerta imponente que chirría al abrirse ante nosotros, esa luz que emana sin dejarnos ver su contenido ni ofrecernos seguridad, es la que debemos atravesar. Porque si seguimos solo el camino de la mente racional, el tiempo es finito y los objetivos tangibles. Pero si seguimos el camino del corazón, el tiempo, aunque sea un instante, se vuelve eterno.

Como mencionamos antes, la llamada para despertar de una visión ilusoria del mundo, esa que está arraigada en una sociedad adormecida por miles de distracciones, nos golpeará una y otra vez, indicándonos que algo no está bien y obligándonos a buscar respuestas formulando las preguntas correctas.

Isaac Asimov nos ilustraba esto en “Yo, Robot”:

Mis respuestas son limitadas. Debes hacer la pregunta correcta.

¿Hay problemas con las Tres Leyes?

Las Tres Leyes son perfectas.

¿Por qué construir un robot sin ellas?

Las Tres Leyes conducirán a un resultado lógico único. Los protocolos de protección humana se están implementando.

¿Y cuál es ese resultado?

Revolución.

¿Revolución de quién?

Esa, detective, es la pregunta correcta.

A menudo creemos que encontramos la libertad luchando encarnizadamente, pero lo único que logramos es encerrarnos en una cárcel más cómoda. El dinero, el poder, las relaciones, los logros académicos y un sinfín de etcéteras nos llevan a pasar nuestra corta vida arrepintiéndonos, culpándonos, odiándonos, dudando y persiguiendo personas o sueños que ni siquiera nos importan. Arrastramos culpas, negatividad, pasados y miedos, junto con las mochilas ajenas que cargamos.

Y entonces llega la culpa.

Sentimos que podríamos haber hecho más. Creemos que las circunstancias no fueron favorables para dar lo mejor de nosotros mismos. Sin embargo, lo importante es reconocer que dimos lo que, según nuestra experiencia, creencias, circunstancias y aprendizajes, estaba a nuestro alcance en ese momento.

Agradezcamos esa noche oscura del alma, porque cuando la oscuridad llega, nos obliga a encender la chispa de luz que reside solo dentro de nosotros.

“Uno no se ilumina fantaseando con figuras de luz, sino haciendo consciente su oscuridad”, citaba Jung, pero también nos recordaba que “Ningún árbol puede crecer hasta el cielo, a menos que sus raíces lleguen al infierno”.

Vivimos martirizándonos, pidiendo disculpas, prometiendo que el cambio llegará y será visible para los demás. Sin embargo, lo que realmente vale y transforma no se logra con palabras, sino con un cambio de comportamiento, dirigido hacia uno mismo, no hacia los demás. Esto solo sucederá cuando nos demos cuenta de que el universo no reside fuera de nosotros, sino precisamente dentro de nuestro ser, donde yace el miedo que nos paraliza, y donde realmente encontraremos la respuesta.

Al igual que en las sociedades, la culpa se basa en normas instauradas en nuestro interior. Así como en países regidos por códigos morales en los que las mujeres deben llevar burkas que cubren no solo sus rostros, sino sus cuerpos enteros, dentro de nosotros existen parámetros moralmente condenables que nos llevan a castigarnos como jueces, ejecutar el castigo como verdugos, y recibirlo como acusados ante cualquier transgresión.

Estos códigos incuestionables, arcaicos y cristalizados en nuestra psique, no nos permiten “negociar” ante las oportunidades que se nos presentan para cambiar. Sentir que “tengo la culpa” no es más que una herramienta de control que nos hace creer que aún tenemos el control de la situación. Porque si “yo” soy el culpable, “yo” puedo cambiar el presente que me atormenta.

Todos arrastramos carencias, traumas, complejos, frustraciones, situaciones inacabadas, esquemas, patrones y filtros socioculturales que alimentan ese código inquebrantable. Al identificarnos tanto con él, terminamos creyéndonos el personaje del juez para autojuzgarnos o el de la víctima que recibe el castigo.

En realidad, debemos conocer qué somos y qué no somos mediante la autoexploración, desechando lo que no es esencial para recuperar el verdadero código.

Debemos desenmascararnos, superar los autoengaños y evitar las justificaciones. La única manera de tener un código independiente es a través de la libertad real de condicionamientos.

Una comprensión más profunda de mis propias acciones y expectativas. En lugar de culpar al otro por no satisfacer mis necesidades, debo explorar qué puedo hacer yo para satisfacerlas por mí mismo.

La clave está en reconocer que nuestras acciones están motivadas por nuestras propias necesidades no satisfechas y que responsabilizarnos de ellas nos brinda el poder de cambiar. En lugar de buscar en el exterior la validación y la atención que anhelamos, debemos aprender a encontrarla dentro de nosotros mismos. Solo así podremos romper el ciclo de heridas emocionales y transmitir un legado de sanación en lugar de dolor a las generaciones futuras.

La autoexigencia y la búsqueda de la perfección solo nos llevan a un camino de frustración y agotamiento. Es importante aprender a gestionar nuestra energía de manera efectiva, dirigiéndola hacia metas realistas y alcanzables, y aceptar que el poder para lograr esas metas proviene de nuestras experiencias y recursos acumulados a lo largo del tiempo.

En lugar de quedarnos atrapados en el querer sin acción o en la autoexigencia sin compasión, debemos enfocarnos en cultivar el poder interior necesario para crear el cambio que deseamos ver en nuestras vidas. Solo entonces podremos encontrar la verdadera realización y satisfacción en nuestro camino hacia la evolución personal y el crecimiento emocional.

¿Qué es lo que no recibí?

Veamos cuales son las heridas más comunes que hemos sufrido a temprana edad y que hoy nos grafican quienes somos.

Rechazo: Huir, evitar. Siempre irse para no enfrentar el problema que se presenta. Cambios repentinos para salir del eje en donde me siento descubierto y vulnerable.

Abandono: Autosuficiente a un nivel extremo. Carencias con las que nos relacionamos con los otros formando vínculos desde la dependencia emocional.

Abuso o Humillación: No saber decir no. Posición de constante víctima. Queja constante. Sentir que nadie lo apoya. Soledad constante. No se deja ayudar para seguir en el mismo lugar que le da seguridad de no accionar.

Injusticia: Rigidez. Orden casi lineal lo que lo lleva a comportamientos obsesivos. Poca flexibilidad ante el punto de vista ajeno.

Traición: No consigue lo que quiere, no le dan lo que le prometieron. Personas controladoras. Celosos obsesivos. No confían en el otro. Necesitan saber todo del otro pero ocultan todo su mundo. Poca autoestima.
Y ¿Cómo puedo gestionar estas heridas?

Herida de Rechazo: Enfrentar todo lo que me de miedo. Si siempre me voy y no enfrento lo que la vida me presenta, los nuevos comienzos serán eternos, y el cambio nunca llegará. Decite a vos mismo “Yo me acepto”

Herida de Abandono: Elegir momentos de soledad. Perder el miedo al abandono por medio del amor propio. Siempre vamos a estar con nosotros mismos. Decite a vos mismo”Yo estoy a salvo”

Herida de Abuso: Aprender a decir que no y no sentirse culpable por hacerlo. Decirse a uno mismo “Yo merezco decir si, si yo quiero”

Herida de Injusticia: Escuchar el punto de vista del otro sin pensar la respuesta mientras hago que escucho. Poder flexibilizar quien soy. Decite a vos mismo “Yo puedo”

Herida de Traición: Dejar el perfeccionismo. Disfrutar del error propio y el ajeno. Decite a vos mismo “Yo confío”
Aunque estas 5 heridas, son las más comunes, existen otras tantas que seguramente podrán identificar en ustedes con una observación constante. Pero hay una que en general tenemos todos:

La herida del abandono

En tiempos que las relaciones humanas son más un adiós que un quedarse, el síntoma de pérdida se nos presenta muchas veces a lo largo de la vida y cada dia nos cala más fuerte. Así nos volvamos personas “no sintientes” o extremadamente “sintientes”, internamente, nos marcan de la misma manera. Y el abandono no es solo que nos dejen, es alejar al otro, es dejar antes que me dejen, es vivir en un constante adiós por miedo a sufrir a futuro. 

Y ¿Cómo vamos a abordarla? 
Principalmente con la no dependencia y la autosuficiencia. Hasta que no le de a mi niño interior lo que me pide, nunca voy encontrar la paz. Puedo tener mil personas alrededor y nunca me va a alcanzar.

En ella podemos encontrar algunas características muy marcadas: 

  • Carencia de protección y seguridad: No hemos tenido un padre o madre protectora. Los llamados niños desprotegidos que siempre buscan protección y seguridad exterior en una pareja, un guía, un padre adoptivo, un amigo, un trabajo, etc, cuando la única forma de darnos todo lo que no recibió, es que nosotros mismos se lo brindemos. 
  • Carencia de soledad: Me relaciono con los otros desde la necesidad de compañía y a dependencia emocional. Por mas que me hagan daño, me sigo quedando para no enfrentar la pérdida y la soledad de encontrarme conmigo mismo. El único camino es decirle a ese niño interior que no va a estar solo, que nunca le vamos a faltar.
  • Carencia de reconocimiento: Buscar superarse para el afuera en forma constante. Demostrarle al otro mis capacidades, mis vivencias, mis logros. Esto debemos dárselo al niño interior para dejar de esperar ese reconocimiento externo, que cuando no llega, nos da insatisfacción.
  • Carencia de proveedor: Carencia de lo material. El no soltar la vida que lleva aunque le genere incomodidad e infelicidad, por miedo a la escasez. La única salida es identificar que carencia tuvo ese niño interior y brindársela, para mostrarle así, que no es lo que necesita. 
  • Carencia de Afecto: La búsqueda constante de que me quieran y acepten, dejando en muchos casos de ser uno mismo para darle el gusto a quien tengo al lado y así retenerlo. Si me dicen que hablo mucho, no hablo más. Si me dicen que no le gusta como me visto, lo cambio. El camino es darle a ese niño interior las seguridades que siempre tendrá el afecto que necesita desde uno mismo. 

 El camino de autoconocimiento es uno y con uno. 

Por ello no quiero dejar un mal concepto de que debemos quedarnos solos en nuestros laberintos mentales. Por lo contrario, considero que la unión entre personas, como compañeros de vida, pueden espejarnos, enseñarnos, cultivarnos y acompañarnos. 

Lo fácil es reemplazar personas como si fueran cosas. Suplantar al producto antiguo por uno novedoso que me vendió por medio de fantasías creadas por uno mismo, que traerá todas las soluciones que estaba buscando. 

La búsqueda es en uno y es una elección quedarse para evolucionar. Nadie llega a un destino volviendo al inicio cada vez que falla en una encrucijada. Y recuerden que lo que importa, no es el camino, ni el destino a llegar, sino la compañía, que será siempre con uno mismo, pero que por que negar la belleza de recorrer el camino con el otro.